lunes, 19 de marzo de 2012

Teatro histórico I


Desde hace varias semanas estoy inmersa en dos nuevos proyectos de teatro universitario, gestionados por la asociación Electra. A pesar de que ambos son muy diferentes, tienen una cosa en común que es la que me ha llevado a escribir esta entrada: las dos obras en que estamos trabajando revisitan el pasado.

La primera de ellas es Terror y miseria en el primer franquismo, de José Sanchis Sinisterra.
En su texto, el autor presenta nueve escenas independientes, cuyo punto en común es un espacio y un tiempo que nos tocan muy de cerca: los primeros años de la posguerra española.
La segunda, a pesar de estar localizada en un espacio geográfico más lejano, resulta igualmente cercana por tratar un caso particular desde una perspectiva universal. Se trata de Cartas de amor a Stalin, de Juan Mayorga, obra que gira en torno a la censura a que se vio sometido el gran dramaturgo Bulgákov por parte del gobierno de Stalin.

Al empezar a trabajar ambos textos, comencé a preguntarme por qué dos grandes dramaturgos de la actualidad deciden acudir al pasado para tomar de él los ingredientes con que elaborar sus obras. Y fue el propio Juan Mayorga, a través de algunos de sus artículos, quien me dio la clave para comprender que se trata de una decisión no sólo temática o estética, sino también -y principalmente- ética.

En su artículo Mi teatro histórico, Mayorga explica en unas pocas palabras por qué hace teatro histórico: lo hace porque está convencido de que todos los hombres son sus contemporáneos. El hacer teatro partiendo de personajes históricos, permite al autor dejar que los hombres de todas las épocas le hablen y le cuenten sus historias, y esta posibilidad se torna en responsabilidad hacia ellos, hacia sus relatos y hacia sus silencios. A través del teatro histórico puede darse voz a quienes nunca la han tenido, a los que han sido silenciados por otros que han hablado más fuerte, imponiendo su relato. De esta manera, escuchando las voces del pasado, tal vez los hombres del presente puedan aprender algo. 

En este sentido, Antonio Buero Vallejo -autor, por cierto, de varias obras de teatro histórico- afirmaba que “Cualquier teatro, aunque sea histórico, debe ser, ante todo, actual. La historia misma de nada nos serviría si no fuese un conocimiento por y para la actualidad, y por eso se reescribe constantemente. El teatro histórico es valioso en la medida en que ilumina el tiempo presente y no ya como un simple recurso que se apoye en el ayer para hablar del ahora, lo que, si no es más que recurso o pretexto, bien posible es que no logre verdadera consistencia[1]”.



[1] Antonio Buero Vallejo, Acerca del drama histórico. “Primer Acto”, nº 187 (1981), p.19

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